EUROPA · ATLÁNTICO · ÁFRICA · AMÉRICANÚMERO 1 — SEPTIEMBRE 2026
LITERATURASATLÁNTICAS
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Entrevista · Marta Robles · Número 1

EN EL NOMBRE DEL PADRE

Retrato de Marta Robles en blanco y negro
Imagen: Jorge Pintado

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Literaturas Atlánticas

Marta Robles ha basculado entre el periodismo con el que decidió ganarse la vida y lo que desde niña quiso ser. En sus libros ha ido dando forma a esa vocación de escritora, anterior a la de periodista, que encontró con Roures una manera de mirar el mundo a través de sus ojos. Un detective y excorresponsal de guerra. Haber mirado de frente la tragedia enseña a reconocer la violencia cuando apenas está tomando forma, a escucharla bajo las palabras de una conversación corriente. De ahí, quizás, la sana intención de erradicarla. Marta escucha a quienes la han vivido, a quienes luchan contra ella e incluso a quienes la han ejercido. Escucha la calle. Para construir a Roures escuchó también a quienes habían vuelto de la guerra (y sí, entre otros, me refiero a Pérez-Reverte).

Las palabras, la sintaxis, las preposiciones, las conjunciones van formando una red a lo largo de sus más de veinte libros, que abarcan biografías, ensayos, guías, relatos y, sobre todo, novelas. Trabaja la malla, aprieta un nudo, suelta otro y encuentra la tensión necesaria para sostener las emociones. Porque para Marta la literatura se sostiene en ellas.

Puede que entre el robo de una niña en Amada Carlota, su penúltima novela, y el apoyo que una hija busca en su padre sin encontrarlo en El anillo de Eloísa apenas medien unos cuantos nudos. Entre ellos asoma una pregunta por lo que nos arrebatan y por aquello que, aun teniéndolo cerca, nunca llegamos a recibir. El mapa de la mirada de Marta parece estar presente en la geografía de este libro, porque quien anuda también queda asido a los hilos. La falta de apoyo de su padre, esa palabra que uno sigue esperando cuando ya ha tomado sus decisiones y debería bastarse con ellas. Quizás algunas páginas salgan de ese anhelo de aprobación que tantos conocen, de las decisiones que uno toma esperando una palabra que nunca llega. Tener al padre cerca y echar su apoyo en falta.

En El anillo de Eloísa, ganadora del Premio Ateneo de Sevilla de Novela, Eloísa se abre en canal para hablarnos de varias generaciones de mujeres que atraviesan una España que cambia mientras conserva algunas de sus viejas servidumbres. Marta le cede parte de su mirada, de lo vivido y lo escuchado, y deja que la ficción haga lo suyo. Eloísa tiene su propia vida y su propia familia. Dentro de una casa caben los secretos de un país, también las versiones que cada familia elige para poder seguir viviendo.

Público en el Auditorio Agustín de Betancourt durante la presentación de El anillo de Eloísa
El público durante la presentación de El anillo de Eloísa en Madrid.

—En la relación entre Eloísa y su padre aparece esa aprobación que una hija espera y nunca termina de recibir. ¿Qué te lleva a volver sobre ese conflicto en tus novelas?

Es un conflicto que está muy presente en mi literatura, precisamente porque mi padre tampoco me apoyó a mí y, al contar que le ha pasado a otros, creo que exorcizo mi propio conflicto y, de alguna manera, le ofrezco herramientas a tantos que han vivido como yo, anhelando el apoyo y la aprobación del padre, sin lograrlos y sintiendo su marca siempre.

—Para construir a Roures escuchaste a quienes habían conocido la guerra de cerca. ¿Qué buscabas en esas conversaciones y qué acabaste encontrando para tu personaje?

Para construir el personaje de Roures (que quería que fuera excorresponsal de guerra) escuché mucho a Pérez-Reverte y bastante a Alfonso Rojo y Jon Sistiaga, entre otros muchos excorresponsales amigos; de hecho, quien me abrió los ojos respecto a una parte fundamental del argumento de la primera aventura de Roures fue Sistiaga. Le pregunté: «¿Qué es lo peor que le puede pasar a un corresponsal de guerra?». Y me contestó: «Fallarle a un compañero». Entendí que sería peor fallarle a una compañera a la que amas (que es lo que le pasa a Roures con Isabel en A menos de cinco centímetros).

—Ese miedo a fallarle a alguien, o a que nos falle alguien en quien confiamos, ¿encuentra también un lugar dentro de la familia de El anillo de Eloísa?

Sí, ese miedo a fallarle a alguien está muy presente en la Eloísa narradora, que se compromete a ayudar a las mujeres maltratadas desde su condición de psicóloga, colaborando con un pequeño despacho desde donde dos abogadas luchaban denodadamente por sus derechos, en un tiempo en el que no había ley de violencia de género ni lugar al que pudieran escapar o donde pudieran refugiarse. Pero también aparece en relaciones con sus familiares y en el amor. Es que el miedo a fallar a quien amamos o a que nos fallen quienes amamos es una constante en la vida. Creo.

—Eloísa cuenta esta historia. ¿Qué tiene su voz que hacía imposible entregársela a otro personaje?

No imagino este relato en la voz de ningún otro personaje. Es decir, esta es la historia de la Eloísa narradora, de sus familiares y de las personas que van pasando por su vida. Una mirada precisa que abarca cien años de la historia de España, se detiene muy especialmente en las décadas de los años 70, 80 y 90, y tenía que ser narrada por una mujer, porque fueron las mujeres quienes más experimentaron los cambios y quienes fueron transformándose al tiempo que lo hacía el país y les iba ofreciendo oportunidades.

Y Eloísa, no solo por su condición de mujer, sino por la familia en la que nace, por sus aspiraciones personales, por sus ganas de comprender el mundo y de integrarse en él sin seguir los dictados de nadie, es el único personaje que realmente me hubiera encajado en este escenario. En realidad, mis personajes nunca son intercambiables en ninguna de mis novelas. Los pienso muy bien y sé todo de ellos. Por eso los coloco en el sitio que les corresponde y nadie podría sustituirlos.

—Al recorrer cuatro generaciones de mujeres, ¿qué querías mostrar de lo que iba cambiando y de lo que se resistía a cambiar?

Utilizo la voz de cuatro mujeres de cuatro generaciones porque, a través de ellas, voy describiendo cómo el mundo va cambiando. Y no solo respecto a sus propios derechos y libertades, que precisamente antes de las décadas en las que me centro eran prácticamente inexistentes, sino también en lo que se refiere a diversos asuntos cuya consideración fue evolucionando durante aquellos años, en los que ellas y sus adláteres fueron protagonistas o testigos de todo lo que pasó. La obsesión por las apariencias, las dobles relaciones de pareja, el cambio de las leyes, el intento de golpe de Estado, los abusos, el tratamiento de algunas enfermedades físicas nuevas, el tratamiento de la salud mental, el clasismo, las drogas…

A partir de la muerte de Franco los españoles (y sobre todo las españolas) tuvieron que ir adaptándose a nuevos escenarios y nuevas maneras de pensar y de vivir, mientras intentaban relacionarse aparcando rencores de un pasado reciente que no siempre se lo ponía fácil.

—Dentro de una familia, ¿a quién pertenece una verdad y quién tiene derecho a contarla?

Depende de qué verdad. Yo siempre he pensado (y este también es un tema muy recurrente en mis novelas) que la sinceridad está muy sobrevalorada. Todos tenemos escaparate y trastienda y en nuestra trastienda ocultamos cosas de mayor o menor envergadura que no necesariamente queremos o tenemos que compartir. No es tanto quién puede permitirse contar esto o aquello, sino cuándo y cómo tiene que hacerlo, si es que decide hacerlo y es bueno para la persona y para la propia familia que lo haga.

Yo creo que uno no puede ocultar lo que es de otro, esa verdad que le corresponde a otro; pero con la propia puede hacer lo que le dé la gana. Y cuando se la encuentra pasadas generaciones tal vez tiene que sopesar si es mejor decir o callar.

—¿Qué haces con tus propias convicciones cuando un personaje empieza a mostrar sus contradicciones, incluso su maldad?

Yo intento juzgar lo menos posible en la realidad y en la ficción. Mis personajes, como las personas y la vida, están repletos de contradicciones. Algunas veces eso puede provocar risa, otras, llanto y en ocasiones pavor. Pero es así. Como ya había diseñado a todos los personajes de El anillo de Eloísa en mi cabeza, antes de escribir la novela, al incluirlos en ella no ha cambiado mi percepción sobre ninguno de ellos.

Por otra parte, yo no intento explicar el mal cuando aparece, sino reflexionar e invitar a reflexionar a los lectores respecto a cuál es su germen, qué lo provoca o cómo es posible que los malos malísimos no siempre lo parezcan y a veces se oculten tras su careta de bondad o de normalidad.

Carmen Posadas y Marta Robles ante la portada de El anillo de Eloísa
Marta Robles durante la presentación en Madrid de El anillo de Eloísa, acompañada por la escritora Carmen Posadas, en plena promoción de Las Mitford, su nueva novela, que ha despertado una gran expectación.

—Las «viudas blancas» aparecen de pasada, pero detrás de ellas queda una vida entera esperando. ¿Cómo llegaron sus historias hasta ti?

Las viudas blancas aparecen de pasada en El anillo de Eloísa. Y lo hacen porque buena parte de la novela se desarrolla en Galicia, donde hubo más que en ningún otro lugar. Si te digo la verdad, no tuve que documentarme sobre ellas; había leído mucho ya y sobre todo había escuchado su historia muchas veces a familiares y amigos gallegos y siempre me había llamado la atención.

Eran mujeres sin marido, aunque aquel con el que se casaron estuviera en el otro lado del mundo, adonde había ido a hacer fortuna o a escapar de las represalias políticas y donde tantas veces había construido otra familia. La emigración es dura para el que se va, pero también para el que se queda.

Estas mujeres no podían rehacer sus vidas porque en el registro y ante Dios seguían casadas con hombres de los que muchas veces no volvían a tener noticias nunca más, pero que nadie podía certificar que estuvieran muertos. Esto era un problema desde el punto de vista emocional, pero también del legal.

—Carolina y Valentina se salen del carril por caminos distintos. ¿Qué acaba cobrándole a cada una esa libertad?

Carolina y Valentina son dos de las muchas mujeres que aparecen en El anillo de Eloísa y se saltan las normas establecidas. Tanto una como otra, al tener comportamientos que el género consideraría masculinos, acaban quedándose solas. Ser diferente muchas veces aboca a la soledad. Y mucho más cuando se es mujer. Pero son dos personajes muy distintos.

Carolina es una rebelde, una mujer que se pone el mundo por montera y le importa un rábano lo que digan y piensen de ella, porque necesita vivir la vida y su sexualidad de manera muy intensa. Tanto, que pasa casi por todo: el mejor matrimonio, los mejores amantes, el mejor divorcio, la prostitución, el convento, la muerte de los hijos…

Valentina es una mujer tan iracunda como solo se les consentía a los hombres entonces y tiene un carácter que le permite tener una carrera exitosa, pero no encuentra a nadie que la aguante, cosa que a ella le importa más bien poco hasta que llega a la vejez. Hay un catálogo de mujeres curiosas en El anillo de Eloísa. Y muchas de ellas deciden abandonar el carril y eso no suele ser nada fácil.

—¿Qué te permite contar el humor cuando te acercas a las cosas que más duelen?

El humor es imprescindible en la literatura y en la vida. Una tragedia sin un punto de comedia (y viceversa) no es creíble ni soportable. Y a veces el humor es la única herramienta válida para hablar de las cosas serias.

A mí me ha gustado (y costado también) entremezclarlo con la tristeza y la ternura en esta novela. Lo he hecho emulando un poco a Bryce Echenique en La vida exagerada de Martín Romaña, con un punto de exageración y disparate. Yo necesito el humor para vivir. Lo que más valoro en la vida es la bondad y lo que más necesito es el amor, pero no imagino ni la una ni el otro sin humor.

—En la nómina del Premio Ateneo de Sevilla hay también nombres muy cercanos a ti. ¿Con quiénes te hace especial ilusión compartir ese lugar?

El Premio Ateneo de Sevilla lleva vigente desde el año 1969. Hay nombres tan gloriosos como el de Carmen Conde, Mercedes Salisachs, Luca de Tena o Juan Marsé, pero en su nómina se encuentran tres de mis mejores amigos y de las personas a las que más quiero, Fernando Marías (que desgraciadamente ya no está), Juan Eslava Galán y Vanessa Montfort, y solo por estar en la lista con ellos este premio supone para mí mucho más que un galardón.

—¿Cuál es la novela que más te ha dolido escribir?

Creo que me han dolido más algunas de las novelas de Roures. En A menos de cinco centímetros hay una escena que para mí ha sido la más difícil de escribir de toda mi carrera literaria, que me produjo malestar físico; también me pasó con otra en La mala suerte y con otra más en La chica a la que no supiste amar. Y en Amada Carlota hay algunas escenas tan duras que al releerlas me parecía que no las había escrito yo.

En cambio, la escritura de El anillo de Eloísa ha sido una especie de escritura automática, de la emoción al papel. Tal vez lo que más me ha costado es modular mi mirada sobre asuntos que viví en primera persona y de los que fui testigo. No es que sean historias personales en absoluto, pero muchas las vi de cerca y las escuché de primera mano.

Lo más difícil de El anillo de Eloísa ha sido hacer un ejercicio muy literario que es no dejar la documentación aparte en ningún momento sino incorporarla a la acción. Creo que eso y esa estructura de collar de cuentas que va sumando historias ha sido tan complicado de ejecutar como entretenido resulta para el lector.