EUROPA · ATLÁNTICO · ÁFRICA · AMÉRICANÚMERO 1 — SEPTIEMBRE 2026
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La otra orilla · Opinión · Número 1

La lengua que no surgió del frío

El castellano cruzó el Atlántico dentro de las personas y regresó convertido en una lengua sin propietario

La estela de una embarcación abre un camino entre las dos orillas del océano
Imagen: Eric Prouzet · Unsplash

No hicieron falta espías, códigos secretos ni sofisticadas operaciones de inteligencia para que el castellano desbordase sus fronteras. Bastaron un océano, varios siglos y millones de personas dispuestas a llevárselo consigo.

Los británicos siempre han sabido rodear de una extraordinaria literatura su capacidad para influir en el mundo. Inventaron servicios secretos formidables y después inventaron personajes todavía mejores para contarlos. James Bond convirtió el espionaje en espectáculo y John le Carré hizo exactamente lo contrario: nos enseñó su cansancio, su ambigüedad y su suciedad moral. El espía que surgió del frío pertenece a este segundo universo de las fronteras, las identidades inciertas y los hombres que atraviesan de un lado a otro sin que sepamos nunca completamente a cuál pertenecen.

El castellano no surgió del frío. Tampoco necesitó una operación de inteligencia para infiltrarse en otros territorios y terminar ocupando un espacio que ninguna estrategia diplomática habría podido diseñar. Le bastó que la gente se marchara llevándose las palabras consigo.

Las lenguas viajan de una manera extraña porque lo hacen dentro de las personas. Cruzan océanos en la memoria de un emigrante, en las canciones de una familia, en una carta, en un libro metido dentro de una maleta. Después llegan a otro lugar y comienzan inevitablemente a cambiar.

El castellano atravesó el Atlántico y América se apropió de él, lo mezcló con otras lenguas, modificó su música, conservó palabras que desaparecieron en otros lugares e inventó otras nuevas. Con el tiempo ocurrió algo mucho más importante que una expansión geográfica: España podía reclamar su origen, pero ya no podía reclamar su propiedad.

La literatura proporciona probablemente la mejor prueba. Cervantes escribió el Quijote desde una España que apenas podía imaginar las dimensiones futuras de su lengua. Siglos después, Borges lo leyó desde Buenos Aires y consiguió la proeza de devolvernos a Cervantes convertido en otro. Juan Rulfo hizo hablar a los muertos de Comala desde México; García Márquez levantó Macondo desde el Caribe; Onetti inventó Santa María desde el Río de la Plata; Cortázar escribió entre Buenos Aires y París; Vargas Llosa convirtió Perú, Europa y América en territorios de una misma trayectoria literaria. Ninguno pidió permiso al lugar donde había nacido la lengua. Tampoco lo necesitaba.

En la otra orilla sucedía simultáneamente otra transformación. Valle-Inclán retorcía el idioma hasta conseguir que los espejos cóncavos devolvieran una nueva manera de contemplar la realidad; Pardo Bazán introducía en castellano los grandes debates intelectuales europeos; Lorca viajaba hasta Nueva York y regresaba con una poesía que difícilmente habría podido escribir antes de aquel encuentro. Más tarde, Cela o Torrente Ballester continuarían explorando posibilidades diferentes de la misma lengua.

El castellano no avanzaba como un ejército que ocupa territorios y establece una administración central. Se parecía cada vez más a una red cuyos extremos modificaban continuamente el centro. Las palabras viajaban hacia América, perdían el centro y regresaban distintas. Los escritores españoles leían a los americanos; los americanos regresaban a Cervantes, Quevedo o Góngora; las editoriales españolas publicaban autores latinoamericanos y estos, a su vez, influían decisivamente en escritores españoles. No había una flecha. No había una dirección.

García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa o Carlos Fuentes no necesitaron llegar a Barcelona para aprender universalidad. Barcelona quizá proporcionó un extraordinario punto de encuentro editorial y cultural y ayudó a multiplicar la circulación de aquellas obras en todas direcciones. Buenos Aires podía ser el centro. También México, Bogotá, Lima, Madrid o Barcelona. Cualquier lugar desde el que apareciera un libro capaz de alterar la conversación.

Ahí reside probablemente una de las mayores fortalezas de la lengua cervantina. No consiste únicamente en que cientos de millones de personas puedan entenderse utilizando un código común. Su verdadera riqueza está en que pueden entenderse sin tener que parecerse.