Palabra de librero · Número 1
Librería Cronopios
El ego, los autores, los saraos y todo lo que ocurre en una librería cuando la puerta se cierra.

Mercedes Corbillón
Los libreros tenemos casi tanto ego como los escritores, quizás por eso nos entendemos tan bien con ellos, excepto con los que ponen un enlace de Amazon en su perfil de redes. A esos los despreciamos aun con más ahínco que ellos a nosotras. Los peores son los que no son conscientes de su afrenta y lo hacen sin querer, solo porque albergan la absurda esperanza de que su nombre y el título de su novela luciendo cerca del logo del gigante americano los convertirá en Ken Follett como por arte de birlibirloque. Comprendemos su ambición, pero no su estulticia. Nosotras también queremos ser Sylvia Beach y que dentro de cien años los lectores de cada esquina del mundo peregrinen a nuestra ciudad, a un local del futuro que reivindique nuestro legado y venda bolsas de tela y marcapáginas con una imagen en blanco y negro de nuestro rostro junto al cuerpo desgarbado del James Joyce de esta generación.
¡Ah, el ego de las libreras! En cualquiera de esos ágapes en los que nos encontramos una y otra vez —algún día habrá que hablar de la tendencia al sarao del mundillo editorial— le diremos a quien nos quiera oír que nuestra librería es enorme y la mejor surtida y que en la trastienda, cuando la puerta se cierra, surgen las mejores conversaciones, literarias o no. Pero todo es literatura para una librera, incluso esos chismes que vuelan como los globos verdes de Cortázar después de tres cervezas en la cena posterior a una presentación.
Una librera ha de saber recibir y también callar lo suficiente para escuchar los dimes y diretes que van de una ciudad a otra con las maletas de los autores, más movidas que el baúl de la Piquer. Lo sé, muy antigua la referencia, pero más simpática y ligera que la caseta de Bad Bunny.
Vamos, que los escritores del presente gastan más los zapatos que Rimbaud en su huida de la vida poética. Solo que ellos dan vueltas por las ciudades de provincias entre promociones y festivales y las libreras nos peleamos porque nos visiten aunque solo sea una vez en la vida para poner una muesca en la cama, digo en el libro de firmas o en el mural de fotos de Instagram.
Dicen las lenguas largas que había una vez una librera que afirmaba con rotundidad y convicción: “yo a mis autores me los follo”.
Creo que no era yo, aunque me encantaría serlo. Una librera con más carácter que sensibilidad, con más orgullo que prejuicio, pero me basta con ser cronopia a tiempo completo y andar siempre pisando charcos con un libro que recomendar en la mano.
Cronopios no soy yo, ni siquiera es mía del todo. Y, sin embargo, pienso que puedo decir: yo tengo una librería como quien dice, yo tenía una granja en África.
