Literatura criminal · Número 1
Los Outlaw
Antes de que el detective se convirtiera en héroe, la literatura popular ya había elegido a sus fuera de la ley

La literatura de criminales, sociológicamente, siempre ha funcionado como tal, al menos para gran parte del público popular. El crimen aparece ya en los primeros relatos bíblicos, cuando Caín mata a Abel celoso de que este tuviera el favor de Dios, así que el interés por los temas relacionados con el delito siempre ha estado presente en cualquier comunidad medianamente organizada. Al fin y al cabo, cualquiera puede tener que ver con la justicia en algún momento: como inocente o como culpable y, lo que acaso resulta más interesante, como inocente acusado.
Que la materia goce de especial atractivo para las capas más populares a nadie debe resultar extraño, pues son los miembros de estas capas quienes sufrieron históricamente —y sufren todavía— la injusticia de los, paradójicamente, sistemas de justicia.
El ladrón popular es uno de los argumentos tradicionales de la literatura popular. Sobre la figura del legendario Robin Hood, héroe de tantas infancias, se tejió en Inglaterra un extenso repertorio de baladas. En España, sin ir más lejos, Luis Candelas o los Siete Niños de Écija fueron también objeto de un tratamiento literario muy popular en su tiempo.
En el siglo XVIII inglés, donde la dureza de la justicia produjo una intensificación de los sentimientos populares a favor de los outlaw, los fuera de la ley, circulaban a modo de librillos —la literatura de cordel— historias sobre famosos bandidos que se repartían y vendían por pueblos y ciudades. Pueden citarse pequeñas publicaciones como Vidas de famosos ahorcados, Las memorias del famoso Du Vall o La vida del famoso Dick Turpin, personaje que más tarde pasaría a ser todo un héroe novelesco.
Este tipo de literatura reflejaba el descontento de la población menos privilegiada o más castigada socialmente contra los excesos de la justicia. Si se piensa que durante casi todo el siglo XVIII en Inglaterra la caza furtiva se castigaba con la muerte, o que asustar una bandada de perdices podía acabar en prisión, es fácil comprender la popularidad de una literatura que denunciaba esa situación y exaltaba a quienes, convertidos en víctimas, decidían tomarse la justicia por su mano.
No fue un fenómeno circunscrito a Inglaterra. También en Francia existió y creó la figura mítica de Cartouche, al igual que ocurrió en España, Alemania y otros países. La literatura culta tocaría en alguna ocasión temas semejantes: es el caso de Jonathan Wild el Grande, de Fielding, o Los bandidos, de Schiller.
Ligadas a esta literatura aparecen publicaciones que recogían sucesos criminales famosos. En Inglaterra, El calendario de Newgate —nombre de la prisión de Londres— y, en Francia, La Gaceta de los Tribunales daban noticias de la vida, milagros y agonías de los delincuentes más célebres. Publicaciones semejantes eran leídas por un público muy amplio, muchas veces no tanto por identificación con la rebeldía de sus protagonistas como por pura morbosidad. Todavía hoy los diarios o revistas especializados en información criminal alcanzan tiradas espléndidas. Muchos recordarán El Caso, de enorme éxito en la España de la segunda mitad del siglo pasado.
A partir de la literatura de terror y de la que narraba las aventuras de los bandidos surgiría durante el siglo XIX una narrativa de mayor ambición literaria y notable predicamento entre los lectores de su tiempo. Nacería con el propósito de mostrar los fallos del sistema británico de justicia y tendría como primera gran muestra una novela del filósofo y escritor inglés William Godwin (1756-1836), padre de Mary Shelley, autora de Frankenstein, y conocido también por sus reflexiones sobre las bases del sistema jurídico y los principios de la justicia, donde defendía teorías cercanas al anarquismo primitivo.
Para ejemplificar esos principios y difundir sus doctrinas, Godwin escribió varias novelas. Entre ellas merece especial atención Aventuras de Caleb Williams (1794). Dennis Porter, en su ensayo La persecución del crimen. Arte e ideología en la ficción detectivesca, la considera una especie de híbrido que combina características de la novela social con elementos del gótico y contiene rasgos de la picaresca y del melodrama. Su intención es demostrar cómo lo absurdo de la maquinaria de la ley puede llevar a cometer delitos o a cargar inocentemente con una culpa ajena.
Otros novelistas contribuirían a difundir la literatura de criminales o literatura de Newgate. Entre ellos destaca Bulwer-Lytton con Pelham (1828), Paul Clifford (1830), Eugene Aram (1832) o Lucrecia (1846), novelas que relatan el camino por el cual la sociedad es responsable de la aparición de sus propios criminales. William Harrison Ainsworth, en una línea semejante, novelizaría la vida de un famoso bandido en Jack Sheppard (1839). Esta mitificación del héroe bandido ya había aparecido en Rookwood (1834) y tendría cierta continuación en La Torre de Londres.
Reynolds, que según algunos fue el autor inglés más leído de su tiempo, sería el representante más importante de una escuela que analiza de forma radical las relaciones entre sociedad y crimen. Su obra más famosa, Los misterios de Londres (1844), imita el folletín de Eugène Sue trasladando la acción a la capital británica. Son autores casi desconocidos hoy, pero su mención permite comprender hasta qué punto lo criminal se había extendido como materia literaria.
Su importancia se percibe mejor si sus obras se relacionan —y hacerlo no constituye ningún disparate— con las primeras producciones del autor que revolucionaría la prosa inglesa del XIX: Charles Dickens. Oliver Twist (1838) y Barnaby Rudge (1841) pertenecen a ese territorio; esta última parece haber estimulado directamente a Poe para escribir Los crímenes de la calle Morgue.
En pleno siglo XIX asistimos al paso de una visión romántica y positiva del delincuente a una postura radicalmente opuesta, cuando irrumpe con fuerza la figura del policía detective y comienza su mitificación literaria como defensor de la justicia.
Este proceso de heroización del representante de la ley y el orden —el detective que asociamos con Vidocq, Dupin, Sherlock Holmes, Hercule Poirot o el inspector Bucket— revela una transformación radical de las actitudes. Durante el siglo XVIII, en Inglaterra y en el continente, los héroes preferidos por las capas populares habían sido bandidos y ladrones como Dick Turpin o Cartouche. La popularidad de estos “bandidos sociales”, denominación asociada a Eric Hobsbawm, procedía de que sus víctimas pertenecían casi exclusivamente a las clases ricas y terratenientes, precisamente aquellas que, por privilegios de origen feudal, estaban encargadas de hacer justicia en sus dominios. La dureza y arbitrariedad de los castigos despertaban simpatía hacia los castigados.
El cambio de actitud hacia el investigador, hacia el agente de la ley, proviene de una suma de hechos en cuya base se encuentran las transformaciones socioeconómicas de los años posteriores a la Revolución francesa. Hacia 1830, los frutos de la revolución industrial, el liberalismo y la entronización de los derechos de propiedad habían ampliado de manera significativa las clases media y media baja. El aburguesamiento dominante de la sociedad generó una mayor preocupación por la seguridad y el orden y, comprensiblemente, por las fuerzas encargadas de protegerlos.
Contribuyó también la ampliación del sufragio en 1832, que permitió a una parte importante de la población participar en la elaboración de las leyes. Estas introdujeron un sistema de justicia más racional, menos arbitrario y mucho más equilibrado que el anterior, y afectaron tanto al cuadro de penas como al sistema carcelario. Si a ello se suma que las primeras revueltas sociales de carácter obrero —la llamada amenaza obrera— se hicieron presentes por entonces, pueden comprenderse las razones profundas de aquel cambio.
No se crea, sin embargo, que la transformación fue rápida. El recuerdo de las arbitrariedades anteriores, unido a la resistencia de la sociedad liberal frente al Estado, mantuvo viva la desconfianza. La organización de la policía por Napoleón en Francia no encontró demasiados obstáculos dada la naturaleza de su régimen, pero en Inglaterra la propuesta de crear una policía central, formulada por William Pitt, tropezó con el recelo de quienes equiparaban Scotland Yard con un ejército de ocupación. Solo una reorganización que liberó a la policía de su fama de corrupción, al tiempo que demostraba su eficacia, consiguió vencer esa resistencia inicial.
Queda un recuerdo literario de aquel recelo en la oposición que, desde los relatos de Poe, ha existido entre el detective y la policía oficial, una confrontación en la que esta última suele salir humillada. No está de más recordar que el héroe de la narración policiaca encarna, en realidad, más un sentimiento abstracto y natural de justicia que la justicia concreta emanada de las leyes.

