EUROPA · ATLÁNTICO · ÁFRICA · AMÉRICANÚMERO 1 — SEPTIEMBRE 2026
LITERATURASATLÁNTICAS
VER LA REVISTA COMPLETA →

Editores en tránsito · Número 1

Señoras que reman

Mercedes Castro escribe sobre las mujeres que sostienen el mundo editorial, lejos del glamour de Hollywood y muy cerca de los libros.

más de la autora ↗

Me pasó el otro día, pero estoy acostumbrada a que me suceda. Lo cuento: me vestí, me pinté la raya del ojo, me puse los tacones y me fui a una presentación literaria. Hay épocas (vacaciones y jornadas de Liga y de Champions son días exentos de presentaciones, no hace falta que explique por qué) en que incluso me toca proceder a este alicatamiento un par de veces a la semana, cosas del trabajo.

En fin. Llegué a la librería, saludé, me senté, escuché, sonreí y aplaudí, más o menos aunque no necesariamente por este orden, y al final me levanté y, como se suele hacer en estos actos, departí. Y departiendo departiendo, acabé en un corrillo con el librero anfitrión, la autora del libro, el presentador del evento y dos o tres personas más. Reí, hice bromas (un poco las mismas de siempre, a qué engañarnos), comentamos algún libro, hablamos de algún conocido común… estaba en mi salsa, vamos, hasta me creía (lo confieso) ingeniosa porque, hago aquí un inciso para explicarme, yo soy de esas tímidas que, cuando no les queda más remedio, se vienen arriba.

En esas estábamos, entre chascarrillo y chascarrillo, cuando la autora me llamó por mi nombre. Y fue ahí cuando se repitió una escena que me viene persiguiendo algo así como los últimos siete u ocho años de mi vida, justamente desde que mi madurez se ha hecho evidente. La describo: el presentador se queda en suspenso, a veces hasta suelen abrir la boca, veo que los engranajes de su cerebro empiezan a funcionar, el tiempo se suspende un par de segundos, y al final reacciona: ¿Mercedes? ¿Ah, pero tú eres Mercedes, la editora? Pero cómo, fíjate, con la de veces que me han hablado de ti y yo no te ponía cara, no me podía imaginar que esa Mercedes editora fueras tú, que fueras así.

Yo me río, a ver qué remedio, y siempre doy la misma respuesta: ¿Y cómo te imaginas tú que tiene que ser una editora?

Pero, en realidad, la pregunta no tendría que ser esa. La pregunta tendría que ser por qué una señora como yo no encaja en lo que se supone que tiene que ser una editora.

La culpa, como siempre, la tiene el imaginario colectivo.

O, ya puestos, Hollywood. Acabáramos.

Pensemos por un momento en los editores que nos ha mostrado el cine popular: ¿Bridget Jones en la piel de Renée Zellweger? ¿Su jefe, con el porte canalla de Hugh Grant? No nos olvidemos de que su otro interés romántico en esta película, el excelsérrimo Colin Firth, se puso, en un film mucho menos popular, El editor de libros, en la piel de Maxwell Perkins, tal vez el editor más conocido y mitificado de Norteamérica.

Pero volvamos a las editoras: me tiene loca que Sandra Bullock haya interpretado a una, con bolsazo de marca ENORME, en La proposición, y que su asistente editorial fuera nada menos que Ryan Reynolds. Y, siguiendo con las reinas románticas de los noventa, no podía faltar Buffy AKA Sarah Michelle Gellar, que hizo de joven editora, siempre con falda tubo, enamorada de su jefe, un director editorial maduro en la piel de Alec Baldwin.

No voy a seguir con los directores editoriales, porque estoy hasta el moño de que siempre aparezcan como galanes venerables o tiburones sin escrúpulos, pero siempre estupendos y todos imponentes en su madurez. Prefiero centrarme en las «editoras de cine» porque aquí está la madre de todos los datos. Me refiero a un personaje que vaya si ha pasado al imaginario colectivo. Y es que sí, la loca más loca de las locas del cine, la mismísima Alex Forrest, es decir Glenn Close en Atracción fatal, ¡¡¡era editora!!!

Nada más que decir, señoría.

Si esta mantis religiosa capaz de hacer un conejo a la cazuela con la mascota de una niñita es editora, como se puede comprobar en una de las primeras escenas de la película, ¿cómo podemos esperar las humildes editoras reales que el mundo nos reciba?

Una de dos, o de tres, o todas a la vez: o somos demonios, o estamos loquísimas o somos súper peligrosas.

Pero lo más importante: puedes estar muy loca (sí) y ser muy maquiavélica (sí), pero lo que es impepinable es que si quieres ser editora según la gran pantalla lo que tienes que tener es la madre de todas las clases, ser más diva que nadie.

Si eres joven, tienes que ser Buffy Cazavampiros con candidez y un escote de vértigo.

Si eres inglesa, tienes que ser Bridget Jones, con un humor a prueba de bombas y una sonrisa imbatible.

Si eres neoyorkina tienes que tener el tipazo, los megatrajes y los bolsazos de Sandra Bullock, siempre repletos de manuscritos.

Y, seas o no alguna de las opciones anteriores, tienes que tener un allure a prueba de bombas, porque Glenn Close en Atracción fatal otra cosa no, pero charme tenía un rato incluso con el rímel corrido metida en una bañera.

¿Y qué somos nosotras en España, vulgares editorcillas ibéricas?

¡Mutantes!, que diría Álex de la Iglesia.

Bueno, tanto tanto no, pero salvo honrosas excepciones divinas que a todos en el sector se nos vienen a la mente y que, como diría Lola Flores, su trabajito les costó, la mayoría de editoras que yo conozco (y digo editoras, pero también digo agentes, libreras, periodistas culturales, organizadoras de festivales, traductoras, correctoras) lo que somos es currantas que hacemos lo que podemos. Con la vida, con el curro, con las horas, con la cara y con Zara.

Yo la primera me parezco más a Paquita Salas que, pongamos por caso, a Kristin Scott Thomas, que sería el arquetipo de una editora menopáusica en cualquier película.

Pero desengañémonos, las editoras de verdad no tenemos esos huesos. Lo que tenemos son callos en el cerebro y el alma y los codos de tanto currar, de matarnos para haber llegado aquí; ojeras de tanto leer, patas de gallo de tanto reír (porque este sector da para muchas risas) y muchas dosis de realidad, porque no por algo hemos conseguido sobrevivir.

Y es que el mundo, el mundo en general, no solo el editorial, sino todo el mundo, creo yo, está sostenido por señoras. Señoras que reman. Madres, tías, abuelas. Señoras que no salen divinas en la foto pero que antes han sido jóvenes curritas y han llegado hasta aquí para enseñar a las jóvenes curritas a soportar un sistema que no está pensado para ellas.

A ver, y que conste en acta antes de seguir, yo reivindico a Álex Forrest allá donde esté. Y no soy la única. Pero dejando feminismos aparte (¡o no!), y volviendo al cóctel y al asombro de mis interlocutores, lo que intento expresar en este pequeño textículo es lo que tiene de artesanal, de cercano, de “normal” (en el mejor sentido de la palabra) y de maternal mi oficio.

Sí, maternal, digámoslo claro. Que es lo que aportamos las mujeres a la cosa editorial seamos o no madres. Porque somos mujeres. Porque cuidamos (por eso, en España casi todas las agentes literarias son o han sido mujeres). Y es que, sin que importe haber tenido hijos o no, de lo que trata este oficio, como tantos otros oficios del libro, es de cuidar. Cuidar libros, cuidar portadas, cuidar autores, cuidar lectores… Y, tradicionalmente, dejando aparte que el tema de dirigir, dar la cara, anunciar premios y tarifas y fusiones, hacer manifestaciones públicas y ruedas de prensa magnánimas, magníficas, magnéticas, que es algo que suele correr a cargo de los grandes jefazos, de esos directivos y dueños (o amos) de las editoriales que casi siempre hasta hace muy poco han sido señores (señoros, digámoslo claro), el 80% de la base trabajadora del sector editorial, como mínimo, han sido mujeres. Chicas jóvenes que son el futuro y las señoras en que muchas nos hemos convertido. Chicas, como yo, que empecé nada más salir de la carrera y tuve grandes maestras y maestros y señoras como la que soy ahora que hace todo lo posible por acompañar a quienes acaban de llegar. Pero todas, chicas y señoras, reman.

Joder, cómo reman.

Reman poniendo sillas en una presentación, mirando galeradas, haciendo clips de prensa, acompañando a autores por mil giras de promoción, llamando a medios, ilustrando, cogiendo teléfonos, redactando dossieres, fichas de libros, contras, abriendo cajas y leyendo, leyendo, leyendo. Reman organizando actos, montando casetas, bajando la persiana de la librería, pateando calles y librerías con los folletos de novedades… Hay hombres también, por supuesto, hay compañeros, hay libreros, amigos, cómplices, editores, agentes, chicos nuevos que llegan con ganas y qué bien que estén ahí, pero las mujeres, sobre todo en la base, somos mayoría. Y aunque sabemos maquillarnos cuando es necesario, en nuestro día a día no tenemos ese glamour de Hollywood. Somos Paquitas. Nos partimos la cara por los libros, por los autores, por un hueco en una reseña, en un festival, en una lista de los más vendidos. Luchamos en el día a día mucho más como ella que como Kristin, a qué engañarnos.

En nuestro día a día los micrófonos y los focos no están encendidos cuando llegamos porque llegamos mucho antes, antes a veces incluso de que los pongan.

Somos esas señoras que siempre tienen un kleenex en el bolso cuando alguien lo pide.

No nos importa sujetar el abrigo, ni la mochila, ni el ramo de flores, ni el paraguas, ni la correa del perro, ni las bolsas y las rosas del día de Sant Jordi ni todo a la vez, fuera de plano, cuando el autor o la autora (o el jefe) lo necesita.

Llevamos tacones, sí, pero estamos deseando llegar a casa para quitárnoslos.

En casa nos esperan cenas a recalentar en el microondas cuando ha terminado la presentación, e hijos adolescentes, y deberes por repasar, y lavadoras por poner.

Nos sabemos los nombres de todos los hijos y los perros de los autores y no somos esculturales. No salimos en los medios casi nunca. Jamás protagonizaríamos una película.

Nos llamamos por teléfono aunque estemos en la competencia porque somos compañeras, nos contamos las penas, despotricamos, nos reímos juntas y nos buscamos en las ferias y los festivales literarios para echarnos unos cafés y muchas risas.

Tenemos celulitis porque pasamos más horas sentadas ante el ordenador de las que deberíamos.

Nunca cobramos tanto como merecemos.

Los libros son nuestra vida, pero por fortuna no solo son nuestra vida.

Solo somos señoras que reman.

Nos encanta nuestro trabajo y aquí nos tienen, amándolo, haciéndolo.

Cuando tengan que imaginarse cómo debe de ser una editora, o una librera, o una jefa de prensa, o una ilustradora o una correctora, piensen en la señora que tienen al lado, esa que rema más que en galeras, esa va corriendo al Mercadona al salir del trabajo. Y sonríanle, por favor, porque ella, más que nadie, y ustedes más que nadie deberían saberlo bien, también es una diva digna de ser aplaudida.