tercer grado · Número 1
Carmen Posadas
Seis autores preguntan a Carmen Posadas.
Aquella niña dulce y tierna que su padre se comía a besos escondía un secreto que tardó en desvelar. Entre confesárselo a él —un avezado lector de Cervantes y Proust— y guardarse que tenía escrito un libro hasta que salió publicado, escogió lo segundo. Porque Carmen Posadas es una mujer que desde muy pronto aprendió a mirar en la vida de los otros y a no renunciar a contarlo.
En su flamante novela, Las Mitford, que llega a las librerías el 21 de octubre, entrega la palabra a Pamela, la hermana que permaneció en segundo plano mientras las otras se abrían paso en la literatura, los salones de la aristocracia y los enfrentamientos políticos de su tiempo. Quizá haya algo de aquella niña en Carmen, en su interés por quien observa mientras los demás ocupan la escena.
Carmen Posadas es una mujer de las dos orillas, nacida en Uruguay y afincada en España, que encarna magníficamente el espíritu con el que nace Literaturas Atlánticas. Su sólida trayectoria internacional, con una obra traducida a más de treinta idiomas, da cuenta de cuánto ha viajado aquella vocación que un día guardó en secreto.
Conozcamos, a través de las preguntas de otros escritores, lo que Carmen Posadas nos depara en este Tercer grado.
Seis autores · Seis preguntas · Carmen Posadas responde
Vanessa Montfort
¿Qué te resulta más difícil: escribir sobre la vida o escribir sobre la muerte?
Es más fácil (y también interesante) escribir sobre la muerte. Cuando escribes de amor permanentemente bordeas el desastre. En ese inestable filo de la navaja corres el peligro de caer, o bien del lado de la cursilería; o del de la banalidad, o del de la falsa sublimidad, la sensiblería deplorable, el erotismo barato... El amor es para vivirlo, no para contarlo (a menos que seas García Márquez o San Juan de la Cruz, cada uno en su particular concepción del amor). Sí, ya sé que hay quien escribe novelas de amor de descomunal éxito y vive estupendamente de ellas, pero no es mi ambición. La muerte en cambio tiene para mí mucho más recorrido. Permite adentrarse en el alma humana y bucear en ella sin brújula y sobre todo, sin máscaras puesto que todas las máscaras caen cuando la muerte asoma por la puerta. Por supuesto en una novela hay que trenzar ambos temas, Eros y Tánatos que son los dos elementos básicos de la literatura. Pero, en mi caso al menos, el primero suele estar al servicio del segundo, y no al revés.
Jacobo Bergareche
Quiero saber si escribes para que te quieran, para vengarte o porque has perdido algo… O por las tres cosas.
Siempre me ha llamado la atención esa frase de García Márquez de “Yo escribo para que me quieran.” Para mí debió de ser una de sus boutades y hay que ver lo mucho que ha dado que hablar. No, no escribo para que me quieran. Tampoco para vengarme, aunque algunas venganzas literarias sí he hecho; y tampoco escribo porque haya perdido algo. Lo mío es más prosaico y sencillo. Escribo para entender a los demás y, sobre todo para entenderme a mí misma (estoy en ello, de momento no lo he conseguido, pero persevero) También escribo por la sensación de convertirme, al menos durante un rato en Dios. Todo escritor lo es mientras da forma a sus historias. Crea mundos, da vida a personajes, inventa situaciones, sentimientos, imparte justicia, condena y premia, es todopoderoso. También impune.
Juan Tallón
¿Crees que existe la decadencia del escritor? Y, si existe, ¿es capaz de verla llegar, de reconocerla? ¿Crees que debería hacer algo al respecto, incluso renunciar a seguir escribiendo para no caer en sus garras?
Me temo que sí aunque no tanto porque mermen las facultades sino porque llega un momento en que empiezas a repetirte. Cuando eres joven todo es nuevo, sorprendente, emocionante. A medida que vas viviendo, muchas cosas se convierten en un déjà vu. ¿Y qué valor literario tiene un déjà vu? También hay otro fenómeno que ocurre y es que, a medida que cumples años dejas de ser testigo de su época. Por eso si te fijas, la mayoría de los escritores pasados los sesenta o sesenta y cinco, comienzan a escribir novelas que tienen que ver, no con el presente sino con el pasado, ya sea remoto o cercano, pero alejado de la rabiosa actualidad. Mira, por poner un par de ejemplos cercanos, el caso de Vargas Llosa o de Javier Marías. Esto ocurre así porque, por muy observador que uno sea, no sabe cómo piensa una chica de 16 años, o un emigrante de 30 y no digamos un niño de 10. Los tiempos cambian, cambian las sensibilidades, cambia el lenguaje y eso dificulta la escritura. Lo que escribes suena a hueco y, lo que es aún peor, impostado y falso. Por eso, algunos escritores se repiten y parecen “caducados”. Por eso los que no quieren caer en ese error, escapan hacia el pasado. Es más fácil para un escritor maduro hacer una buena novela ambientada en la Grecia clásica o en la Segunda Guerra Mundial que en el Manhattan o en la Malasaña del año 2027.
Marta Robles
¿Qué da más miedo, ser consciente de que el poder compra cuerpos o saber que, además, compra lealtades, silencios y voluntades?
Uno piensa siempre que la venta de cuerpos es lo peor que hay, y desde luego es terrible. Pero otras prostituciones son igualmente dañinas. Y en el caso de lealtades, silencios y voluntades la compra, no solo perjudica a la persona afectada. Tiene mucha más trascendencia porque puede extenderse y afectar a muchas otras personas, incluso a una sociedad entera. La novela negra juega un papel importante en esta ecuación. A diferencia de las advertencias y recomendaciones que no llegan a través de los medios de comunicación, la escuela o las universidades, la ficción cumple una función mucho más útil. Al hacernos partícipes como lectores de situaciones duras, injustas, oscuras, etc., nos ayuda a detectarlas también en la vida real. Por eso una persona que lee cuenta con muchas más herramientas que otra que no lee. Lo que se aprende a través de la ficción permea más el subconsciente. Y ahí se queda.
Rosa Montero
Cuéntame algo que hayas descubierto sobre ti misma tras escribir una novela.
Son tantas que no sabría por dónde empezar. Siempre digo que yo me he ahorrado una fortuna en psicólogos y psicoanalistas dedicándome a la escritura. (soy bastante neura y la literatura es la mejor terapeuta que existe). Por nombrarte solo un par de cosas, te diré que he descubierto por ejemplo que soy bastante menos haragana de lo que pienso. Es uno de los reproches que más me hago, soy la vagancia encarnada. Si por mí fuera, no haría otra cosa que estar tumbada debajo de un cocotero con un libro. Pero precisamente como detesto este defecto mío, sobreactúo y hago miles de cosas. Y lo que más hago es darle a la tecla así que solo puedo decir “gracias a la escritura que me ha dado tanto” Otro descubrimiento que he hecho escribiendo es que prefiero la ficción a la realidad. Y supongo que es la verdad para muchos escritores ¿Cómo era aquello que decía Flaubert? “Cuando la realidad se vuelve insufrible siempre puede uno sumergirse en la orgía perpetua de la literatura”. Durante años esto fue ciertísimo para mí. Curiosamente, de un tiempo a esta parte estoy aprendiendo a disfrutar también de la vida, en muchos y diferentes sentidos. Quién me lo iba a decir. A la vejez viruelas.
Lucía Solla
¿Qué consejo te hubiera gustado recibir cuando firmaste tu primer contrato editorial?
Le diría que cuidado con no vender tu alma al diablo. Yo no se la vendí al diablo pero sí metí una pata estrepitosa. Mi editor al firmar el contrato me preguntó ¿Qué prefieres, un porcentaje de las ventas, o un tanto alzado? ¿Cuánto sería? pregunté yo Y él (era el año 1981) respondió: 40.000 pesetas A mí me pareció una fortuna y preferí pájaro en mano. Después resultó que ese libro se reeditó y reeditó durante años y años, y yo había vendido los derechos por un plato de lentejas.
Retratos procedentes de las páginas de los autores y sus editoriales. Vanessa Montfort: Danielle Campbell. Rosa Montero: Isabel Wagemann. Juan Tallón: Pablo Araujo.
