Chismes literarios · Chisme 2 · Número 1
Que te amen los mejores
O la verdadera historia de Florence Balcombe y de cómo Drácula robó una cruz

Todos parecen estar de acuerdo en que era una de las mujeres más bellas de Dublín y nosotros, sin pasear por las orillas del Liffey a su paso por la ciudad en el siglo XIX, podemos concluir que es verdad a tenor de sus retratos. Uno se lo hizo su primer novio. Me lo imagino dibujando a escondidas mientras algún profesor de Oxford le hablaba de las guerras púnicas. Esto, obviamente, es invención propia, pero, en los chismes, la imaginación importa. El joven enamorado hasta el punto de pergeñar el precioso rostro de su amada era Oscar Wilde, segundo hijo de una familia acomodada, padre otorrino y madre escritora. La chica, hija de militar en una casa de muchas jóvenes que casar, no tenía dote, pero la belleza, el carácter y la inteligencia ayudan a abrir las puertas y los corazones.
Sus citas consistían en paseos hasta la catedral para asistir a la misa de doce o encontrarse en las veladas organizadas por Lady Wilde en su salón de Merrion Square. También paseaban por ese parque que en aquel entonces estaba cerrado con llave y solo abierto a los habitantes de las adorables casas de los alrededores. Puede que fuese allí donde el joven Wilde le regalase una cruz de oro con su nombre. Una joya siempre cierra el compromiso, pero el clic del broche no fue definitivo.
Ella estaba en Irlanda y él en Inglaterra continuando los estudios que había empezado en el Trinity College. En la mítica universidad dublinesa también se había formado, años antes, Bram Stoker, por aquel entonces un funcionario de treinta años. Su corazón inquieto y creativo lo llevó a asistir a las tardes en casa de Lady Wilde. Allí conoció a Florence Balcombe, que así se llama nuestra protagonista, y allí empezó un romance que acabaría en boda y en el corazón roto de Oscar, que le exigió la devolución de la joya y pasó una temporada enviándole flores a Florrie, como la llamaba.

Florence y Bram se casaron en la iglesia de Santa Anna, un enlace que aún está presente en el bonito edificio de Dawson Street, y pronto se fueron a Londres, donde él se dedicaría al teatro.
Faltaba mucho para que ambos se convirtieran en mitos de la literatura, y sus vidas, sobre todo la de Oscar Wilde, daría para un folletín si no tuviera un final tan trágico.
Algunos quieren ver en Drácula una referencia a este efímero triángulo que en realidad se rompió enseguida. Wilde seguiría su intensa vida y el matrimonio, al que las malas lenguas, entre las que se incluyen las de biógrafos sobrinos nietos, consideraban gélido, permanecería unido hasta la enfermedad de Bram Stoker, que se lo llevó en 1912.
Una década después, Florence obligaría a quemar todas las cintas de la película Nosferatu, que se inspiraba claramente en Drácula sin haber pagado derechos de autor. Tenía razón, pero por suerte alguna copia se salvó de la pira y Hollywood le permitió, más tarde, un final acomodado.
Para entonces, los hombres que la habían amado, dos de las celebridades literarias más universales de la historia, hacía mucho que estaban muertos. Sin embargo, sus nombres y sus obras siguen dando mucho que hablar.

