El mirador de las palomitas · Número 1
La caída de los absolutos
¿Y si hoy el ejercicio más irreverente de libertad fuera, sencillamente, ser?.
Decía Panero desde el psiquiátrico de Mondragón que “Todo hombre máscara del lenguaje”. El mismo hombre que se definía como monstruo, pero no como loco.
Nacemos a un lenguaje revelador, que nos nombra y nos permite decir quiénes somos, pero también el mismo lenguaje que es máscara. Aquello que oculta y nos hace invisibles a los demás. Nacemos, también, a metáforas que develan las certezas, a preguntas que no esperan respuesta, a adjetivos que retuercen las costuras de las categorías.
Una de las lecturas más demoledoras de mi vida ha sido, sin duda, Si esto es un hombre, de Primo Levi. Demoledora porque enfrenta al lector con una pregunta para la que no existe ansiolítico que regule el sistema nervioso y es ¿quiénes somos cuando se derrumba nuestra construcción de identidad?. La profesión que te hace levantarte cada día a las siete de la mañana, la posición social, el apartamento de cuarenta metros cuadrados por el que pagas demasiado o el chalet de la costa, el Seat León de treinta años que te ha dejado tu padre mientras mantienes la L pegada a la luneta trasera o el Mercedes descapotable, tu mujer, tus hijos, la cuadrilla del pintxo-pote los jueves a la tarde en la Parte Vieja o el paseo de los domingos por la Alameda con la catedral de fondo; en definitiva, todo aquello que nos sitúa en el mundo y nos devuelve una imagen reconocible de nosotros mismos. Levi no escribe sobre la pérdida de un estilo de vida ni sobre el derrumbe de una biografía. Nos enfrenta a la posibilidad de mirarnos en un espejo que ya no nos devuelve una imagen de nosotros mismos. Escribe desde el lugar en el que la deshumanización nos obliga a mirar de frente la fragilidad de aquello que creemos ser; desde ese punto en el que el nombre deja de garantizarnos el reconocimiento y la identidad revela vulnerabilidad. Su testimonio nos enfrenta a la negativa a aceptar que nuestra identidad se agota en las categorías.
Y, sin embargo, vivimos en el tiempo de las categorías bajas en carbohidratos, de las etiquetas que prometen definirnos libres de tóxicos y de las respuestas que aspiran a ahorrarnos la incomodidad de la pregunta. Pero si ninguna definición es definitiva, ¿qué hacemos con la libertad cuando ya no existe un absoluto que garantice que estamos eligiendo?. Señalaba Freud en Tótem y tabú que la autoridad del dios-padre, amado y temido, no se agota en la presencia física, sobrevive en las prohibiciones, en la culpa, en los deberes y en las normas que interiorizamos. La autoridad tradicional puede perder legitimidad sin que desaparezca nuestra necesidad de autoridad. La caída de los absolutos no nos devuelve automáticamente al Edén de la libertad. Es como si, desprovistos de una verdad a la que aferrarnos, necesitáramos encontrar otra voz que nos absuelva de la incertidumbre de elegir.
Es quizás por esto, cuando los antiguos oráculos enmudecen, no dejamos de consultar. Cambiamos de vocabulario, de intermediario; sustituimos el templo por el diván, pero seguimos buscando la voz que sea capaz de traducir la incertidumbre en certeza. La autoridad ya no necesita presentarse como divina, basta con que adquiera peso de verdad.
Pedir ayuda ante la incertidumbre es un ejercicio de lucidez, no debería ser una renuncia a la autonomía. Pero, ante la responsabilidad que nos arroja al abismo del yo y de la libertad, preferimos culpar al “otro”, categorizarlo como tóxico, convertirlo en vicio del que debemos desintoxicarnos y practicar el tan recomendado “contacto cero”. Entonces, la herramienta que debería ayudarnos a pensar acaba por ahorrarnos el esfuerzo de hacerlo. La sentencia se maquilla de sugerencia y la interpretación de una historia singular, en una fórmula universal.
“Afaneime por ser “eu” e dobregáronme”, escribe Olga Patiño Nogueira. En estos versos resuena el golpe seco que produce la fractura en el esfuerzo por ser uno mismo y la violencia que puede ejercerse contra ese intento. Quizá la cuestión sea no convertir en sentencia universal lo que no pasa de ser una tirita psicológica frente a una pregunta de orden ontológico. Quizás la libertad sea también la posibilidad de conservar el interrogante y el recuerdo de un Boulevard cantando a coro “Hegoak ebaki banizkio, neria izango zen; ez zuen alde egingo. Baina honela, es zen gehiago txoria izango; eta ni, txoria nuen maite /Si le hubiera cortado las alas, habría sido mío; no se habría marchado. Pero así, ya no habría sido un pájaro; y yo... amaba al pájaro”. (Txoria-Txori. Mikel Laboa 1968)

