EUROPA · ATLÁNTICO · ÁFRICA · AMÉRICANÚMERO 1 — SEPTIEMBRE 2026
LITERATURASATLÁNTICAS
VER LA REVISTA COMPLETA →

El mirador de las palomitas · Número 1

Solla y PallaresAtlántico de puertas adentro

Atlantismo literario en Literaturas Atlánticas

Retratos de Lucía Solla Sobral y Nerea Pallares
Imagen: Marco Mas (Lucía Solla Sobral) · Daniel Katanga (Nerea Pallares)

Hay un atlantismo que nos habla de la bravura de la mar, de la niebla como telón romántico y del granito como un fósil que nada altera. Es un atlantismo de mirador, que contempla la costa desde el coche, con el climatizador puesto, y la deja convertida en paisaje para otros. A mí me importan las literaturas que bajan del coche. Las que abren la cancilla de atrás, entran en la cocina, se embarran las botas y se asoman al acantilado con el miedo de no saber si regresarán a casa.

Es ahí donde encuentro a Lucía Solla Sobral con Comerás flores (2025) y a Nerea Pallares con Punto de araña (2026). Tiene algo de regreso que las dos hayan encontrado casa en Libros del Asteroide, sello barcelonés fundado por Luis Solano, vigués nacido en Santiago de Compostela. Las leo juntas porque ambas se preguntan qué les ocurre a las mujeres cuando el territorio y la convivencia dejan de ser decorado y se les meten en el cuerpo, en las manos, en los nervios.

Cada una habita una estancia distinta de la misma casa. Pallares se sienta en el umbral y deja pasar toda la humedad de la Costa da Morte. Se ha dicho de su escritura que es demasiado gallega, que roza lo siniestro, lo gótico o la fantasía rural. El punto de araña es una de las labores del encaje de bolillos, y Pallares lo convierte en algo más que un título. Sus mujeres tejen a la puerta, a la vista del pantalán y del camino, y en ese quehacer compartido se sostienen cuando llega el temporal. Tejer y cuidar se convierten ahí en un acto político. La red, eso sí, tiene agujeros: hay manos que no llegan a tiempo y nudos que se rompen. Se ha querido presentar la novela como una reivindicación del trabajo femenino rural, y algo de eso hay, aunque a sus personajes el aplauso les queda lejos. Les basta con que el trabajo quede hecho. Ellas madrugan, cosen, entierran a sus muertos y al día siguiente vuelven a la almohadilla.

Esas voces que hablan en coro, de tres en tres, como las mujeres de Jardín umbrío (1920), de Valle-Inclán, tienen una genealogía todavía más antigua. Rosalía de Castro llamó viudas de vivos y viudas de muertos a las mujeres que se quedaban en tierra mientras los hombres emigraban o se los tragaba la mar. Fueron ellas quienes sostuvieron la casa, la huerta y el silencio. Las tejedoras de Pallares son sus nietas; quizá ya bisnietas.

Solla Sobral, en cambio, cierra la cancilla y también las ventanas. En Comerás flores el aire se vuelve espeso. La novela sigue la pérdida de autonomía de Marina dentro de una relación de pareja y apenas sale de los interiores: una cocina, un pasillo, una habitación que se estrecha sin que nadie mueva las paredes. No hay gritos. Hay dependencias que no se ven, frases que vuelven y silencios que acaban siendo norma. La amenaza que en Pallares ronda los caminos aquí ha entrado en casa y ya se ha metido en la cama.

El acierto de Solla Sobral está en mostrar hasta qué punto la dominación puede vestirse de amor. La violencia no siempre llega con la puerta derribada; a veces entra despacio, disfrazada de preocupación o de una corrección dicha en voz baja. Uno piensa en el cuento «El papel pintado amarillo» (1892), de Charlotte Perkins Gilman, y en esa mujer encerrada por su bien en un cuarto cuyo dibujo acaba tragándosela. Marina calla para mentirse y para protegerse. Al lector le dan ganas de zarandearla y, sin embargo, su quietud es una estrategia de supervivencia, quizá inútil, en una casa que se ha vuelto peligrosa. Desde la ventana, Marina se asoma al camino por donde pasan las tejedoras de Pallares.

Dos silencios

Frente a Ari, que en Punto de araña observa y repite lo que oye, Marina aprende a mirar sin ser vista. Lo que las une es un silencio femenino que el Atlántico conoce bien: el de quien obedece, el de quien resiste y el de quien empieza a planear la huida. A las tejedoras, el trabajo y los vínculos las sostienen sin librarlas de sus conflictos. A Marina, la intimidad la protege y la encierra a la vez.

Xohana Torres imaginó en «Penélope» (Tempo de ría, 1992) a una tejedora que se cansa de esperar y decide echarse a la mar, con ese verso final ya icónico: «Eu tamén navegar». Algo de esa decisión late en las dos novelas. Leídas a la vez, dibujan un Atlántico más hondo que el paisaje, hecho de relaciones, obligaciones y silencios heredados. Para sobrevivir a la intemperie hacen falta las manos que tejen juntas a la puerta, pero también la valentía de abrir una ventana desde dentro para nombrar lo que duele.

Quizá por eso su lenguaje no sea el del grito, sino el de la bajamar: ese momento en que el agua se retira y deja a la vista lo que siempre estuvo ahí.